(Artículo publicado en el periódico La Opinión de Málaga el 18 de septiembre 2026)
LA ROSALEDA, SE QUEDA.
Hay edificios que se construyeron en la ciudad para llenar simplemente un hueco. Y hay otros que acaban anclándose a ese hueco para mantener la memoria colectiva de una ciudad. Desde hace casi un siglo La Rosaleda no es solo el estadio del Málaga CF; es también uno de esos lugares donde varias generaciones han aprendido que el fútbol nunca ha sido únicamente un partido sino un cúmulo de emociones compartidas también en sus calles y barrios, de penas y alegrías de muchos partidos perdidos y ganados que han escrito su historia y la vida del lugar en donde se ubica el estadio.
Basta escuchar la sonora Bombonera, el himno del Málaga CF, su entusiástico grito de guerra. Cuando canta a esa “caja de bombones” abrazada por los montes y por la ciudad de Málaga no describe una metáfora, sino una realidad vivida por muchas generaciones que abrazaron a su estadio con devoción deportiva. La Rosaleda no ocupa simplemente un lugar en la ciudad Málaga; forma parte como importante pieza de ella. Los barrios colindantes de Martiricos, La Palma, Ciudad Jardín, Capuchinos, La Victoria e incluso la Prolongación o Carranque arropan su cercanía y potente presencia convirtiéndose en uno de esos escenarios donde la ciudad reconoce una parte de su propia identidad en la que se encuentran, conviven y disfrutan muchas generaciones de aficionados.
Porque el partido comienza mucho antes del momento inicial del juego. Empieza cuando las primeras camisetas blanquiazules aparecen por las calles en bulliciosas bandadas de aficionados y peñas, cuando los bares se llenan de gente para discutir la alineación a la ida y el resultado del partido a la vuelta prolongando durante horas la emoción de los momentos vividos del encuentro. La mayoría de ellos van caminando al estadio, atraviesan los puentes del Guadalmedina, recorren los barrios que han incorporado el fútbol a su vida cotidiana y regresan a casa comentando la última jugada en sus muchas paradas intermedias de bares y esquinas donde ya las han comentado y analizado calurosamente lo que fue o pudo ser y no fue, preparando ya la próxima cita en esa querida Bombonera. El estadio se cierra con el partido, pero la ciudad sigue jugándolo en sus cercanos entornos urbanos en donde la vida continúa cargada de encuentros y emociones compartidas que también forma parte de La Rosaleda.
Por todo ello, sorprende que el debate sobre su futura ampliación se plantee como si cambiar el edificio de sitio fuera la única solución y no mantenerlo en el lugar que ocupa en la ciudad. Los edificios pueden trasladarse, pero la memoria permanece en el sitio. Lo que está en juego no es la ubicación de un estadio, sino un modo de usarlo y vivir el fútbol, de relacionarlo con la ciudad que lo acoge como una bombonera rodeada por sus montes y barrios que lo abrazan y lo acerca a sus visitantes como lo hace el actual estadio.
Durante años se pensó que los grandes estadios debían abandonar los centros urbanos para instalarse en la periferia de las ciudades. Hoy muchas ciudades españolas y europeas hacen justamente lo contrario. Han comprendido que un estadio integrado en la ciudad genera actividad económica, fortalece el comercio de proximidad, favorece los desplazamientos a pie de sus usuarios y mantiene vivos los barrios que lo rodean. La Rosaleda lleva décadas demostrando que este modelo funciona, porque acerca el estadio a la ciudad y hace de su actividad una parte más de la vida urbana.
Resulta aún más difícil entender que la alternativa planteada sea ocupar los terrenos deportivos del Campus Universitario. No solo supondría alejar el estadio de sus barrios urbanos, sino sustituir el único espacio destinado al deporte universitario por un uso completamente ajeno a su función docente. Y todo ello en un Campus que ya soporta graves problemas de accesibilidad, movilidad, aparcamientos y una búsqueda de identidad más convincente ante su deficitaria y confusa ordenación que tendría que abordar la Universidad como asignatura pendiente desde hace ya muchos años.
Pero, además, aparece también otro importante interrogante en este proceso: ¿Quién pagaría el traslado? Porque un estadio no cuesta únicamente lo que vale su construcción. Hay que ejecutar nuevos accesos, ampliar infraestructuras, reforzar el transporte público, urbanizar su entorno y dotarlo de todos los servicios que exige una instalación de esa magnitud. La inversión sería excesiva y posiblemente inviable poder realizarla, convirtiéndose en otro posible proyecto frustrado. Sin embargo, mantenerlo en su sitio sería mucho menor el costo para modernizar y ampliar una Rosaleda que ya dispone de una ubicación privilegiada y de unas infraestructuras consolidadas.
A ello se añade una coincidencia difícil de ignorar. El traslado del estadio liberaría una de las manzanas urbanas de mayor valor de Málaga, junto a unos terrenos de entrenamiento que deberían haber quedado disponibles tras la apertura de la Academia del Málaga CF en Arraijanal, construida sobre unos suelos públicos cedidos generosamente por la ciudad para desalojar los actuales campos de entrenamiento. Resulta inevitable preguntarse si realmente es necesario trasladar el Estadio o bien se trata de disponer de unos terrenos especialmente apetecibles para otros desarrollos residenciales que, en todo caso, debería evitarse para no densificar aún más este sector de la ciudad y, en todo caso, aprovechar para usos alternativos que pudieran ayudar a autofinanciar la ampliación si moverse de su lugar.
Las decisiones urbanísticas verdaderamente importantes no son las que resuelven solo una urgencia aislada al margen de la ciudad, sino las que siguen teniendo sentido dentro de la ciudad y la construye manteniendo su cualificada actividad. Por eso conviene preguntarse si el ampliar el estadio consiste en tener que trasladarlo para ejecutar uno nuevo con sus altos costos; o más bien en mejorarlo, actualizarlo y conservar aquello que ya funciona desde muchas generaciones y poder incluso autofinanciar por sus menores costes.
Quizá el futuro de La Rosaleda no pase por buscarle otro lugar sino, sencillamente, por comprender que ya ocupa el mejor posible con una cercanía y potente actividad dentro de la ciudad. Porque los aficionados recuerdan el camino colectivo y bullicioso que recorren hasta el estadio, el bar donde quedaron con sus amigos, el puente que cruzaban juntos, el abrazo con un desconocido tras una celebración imposible y la emoción de regresar a casa sintiendo que habían vivido algo irrepetible muy cerca del lugar en donde viven. Eso también es La Rosaleda, y precisamente por ello no hay proyecto posible capaz de trasladar esas emociones bulliciosas y experiencias compartidas por su cercanía a las residencias de los aficionados que acuden cada acontecimiento deportivo a este importante equipamiento colectivo de la ciudad.
José Segui Pérez
Arquitecto