LA URBANIDAD DE LA CIUDAD

(Artículo publicado en el Periódico Málaga-Hoy, el 2 de noviembre, con motivo del DÍA MUNDIAL DEL URBANISMO el 8 de noviembre de 2.025). 

El próximo 8 de noviembre celebramos el Día Mundial del urbanismo. Parece oportuno reivindicar, desde la profesión, este complejo y apasionante oficio de la planificación urbana cuyo objetivo es ordenar y estructurar la ciudad. Málaga tiene una larga tradición de documentación urbanística que le ha permitido ordenar sus estructuras y formas urbanas que hoy percibimos a través de sus espacios públicos y arquitecturas que la han construido a través de los tiempos. Sin la acción del urbanismo, la ciudad sería una ameba indefinida, sin forma que la definiera ni estructura que la soportara, siendo imposible identificarla si no fuera por los espacios públicos que con sus arquitecturas entrelazan nuestras relaciones generando las actividades que la caracteriza, y que conforman desde su compleja diversidad y usos el más sublime y mágico escenario de la convivencia colectiva.

Si el urbanismo se asocia con la acción que construye la estética formal de la ciudad a través de sus elementos públicos, la urbanidad introduce la dimensión ética que nos permite habitarla compartiendo aquello común que nos une como comunidad. La urbanidad se manifiesta en nuestra convivencia cotidiana: en la forma de usar los espacios de la ciudad que hace posible vivirla colectivamente. Son una serie de gestos que podríamos definir como de cortesía urbana que, sumados, generan la cultura cívica de nuestras ciudades: una cultura que convierte la vida urbana en una narración fragmentada que a modo de collage compartimos con la equidad, respeto y disfrute que nos exige las relaciones e intercambios que nos genera sus múltiples actividades. Nuestra ciudad resulta ser una muy buena referencia urbanística para entender estas reflexiones urbanas, incluso sus propias complejidades y contradicciones que provocan sus aparentes desórdenes se convierten en las grandes oportunidades de sus aciertos ante las demandas que refleja su potente desarrollo urbanístico como ciudad siempre viva a lo largo de su historia.

Como sino entender la excepcional y decidida apertura de la calle Larios que realiza el Marqués para crear el más importante espacio público de la ciudad frente a la puerta de su Palacio, ubicado entonces en la actual Torre de la Equitativa, y también la posterior construcción del Parque ganando terrenos al mar como reconocimiento a los beneficios obtenidos en la operación inmobiliaria. Y como comprender esa clara tendencia del desarrollo de nuestra ciudad sino es a través de las magníficas barriadas residenciales estratégicamente situadas y, que, a modo de fragmentos, han estructurado la ciudad dándole sus continuidades urbanas. Desde los históricos barrios de Perchel, La Victoria, Lagunillas, La Merced, Limonar, Pedregalejo, Palo, Huelin…, las barriadas autárquicas de Girón,25 Años de Paz, Santa Julia, Ciudad Jardín…, hasta las más recientes de Atabal, Los Prados, Los Tilos, Puerto de la Torre …, sin obviar la ejemplar barriada de Carranque del Cardenal Herrera Oria que junto con calle Larios serían las dos más destacadas y cultas referencias de intervención urbanística en nuestra ciudad. E incluso, los desaciertos de posteriores barriadas como Malagueta, Prolongación Alameda, Carretera Cádiz …, o periféricas como La Palma-Palmilla, Miraflores de los Ángeles, La Palma, La Virreina, La Corta, Los Millones, Parque del Sur…, podrían ser reconducibles en esa asignatura pendiente, difícil pero muy posible y necesaria, de

rehabilitar las periferias, al igual que en los años 80 se realizó con sobresaliente éxito con la rehabilitación del Centro Histórico de nuestra ciudad. Y como no reconocer los recientes aciertos de los potentes barrios de Teatinos y Litoral Oeste, el barrio de la Universidad y el que está generando el Parque Tecnológico…, que se plantearon en el Plan General del 83 y hoy son una realidad consolidada, descubriendo en la concreción de la ordenación los principios básicos de cómo construir su urbanidad.

Sin embargo, en la práctica urbanística actual se están utilizando confusos conceptos, y no pocas veces banalizando sus contenidos con instrumentos ineficaces que han distorsionado los procesos de sus propios desarrollos, debilitando uno de sus principales pilares de la acción urbanística como es el necesario equilibrio que debe existir entre la rentabilidad pública o social que legitima precisamente la calificación urbanística del suelo privado justificando así sus rentabilidades económicas y que, en todo caso, se convierte en el más importante objetivo de la  intervención urbanística tanto en la escala urbana como, actualmente, también en la territorial. La gran novedad de nuestro siglo serán las grandes movilidades que están generando las nuevas infraestructuras del transporte que nos han acercado las distancias y tiempo sen nuestras nuevas relaciones de habitar y trabajar, y en donde nuestra ciudad jugará un importante papel de centralidad en esas escalas territoriales de la conurbación de la Costa del Sol y sus más cercanos entornos regionales. Esa tensión, siempre presente, debería resolverse en favor de una planificación que, sin renunciar a la técnica de programar desarrollos y economías, no olvide su vocación humanista de garantizar el bienestar de habitarla. Porque sin urbanidad, el urbanismo pierde su condición de garante de la convivencia y la ciudad deja de ser ese espacio de consenso colectivo que la define de manera diferente en cada momento de su interminable viaje en la historia.

Hoy la técnica urbanística parece haberse transformado en un procedimiento lento y muy burocratizado, casi exclusivamente basado en la normativa jurídico-administrativo, incapaz de ofrecer y concretar soluciones urbanas y territoriales a sus nuevos y acuciantes problemas. Se ha refugiado en un lenguaje opaco, saturado de normas, cálculos numéricos abstractos e ineficaces estrategias que han relegado la urbanidad a un papel secundario, cuando en realidad es ella la que otorga sentido a la convivencia y a los intercambios que vitalizan la ciudad. La ordenación urbana, por su naturaleza, requiere la confluencia de múltiples conocimientos. Por eso, la práctica del urbanismo no debería disociarse ni de su reflexión teórica ni de la experiencia vital de construir y habitar la ciudad. Solo desde una visión conjunta y transversal puede hallarse la creatividad que exige la concreción de su proyecto. Las endogamias disciplinares, al encerrarse en sus propios lenguajes, terminan convirtiendo los debates urbanos más en disonantes cacofonías de ruidos que en una ordenada melodía de cómo construir y vivir la ciudad.

Es por ello, que la ciudad contemporánea se ha convertido en un campo de fuerzas contradictorias. Por un lado, el urbanismo busca eficiencia, densidad y conectividad; por otro, la vida urbana reclama entendimiento, convivencia y colectividad. No se trata de tensionar ambos polos, sino de reconciliarlos, de encontrar el equilibrio que haga de la ciudad un proyecto de interés colectivo además de un sólido soporte para el desarrollo económico. Repensar la urbanidad implica, sobre todo, reivindicar el espacio público. Plazas, paseos, parques y bulevares no son meros vacíos entre edificaciones, sino escenarios de convivencia y de intercambio social y económico. En ellos la ciudad se reconoce a sí misma. Cuando esos espacios se degradan, la ciudad pierde su condición esencial de lugar de encuentro.

Recuperar la urbanidad es, por tanto, garantizar la capacidad de compartir —como las venas de un cuerpo— la vida que recorre sus espacios públicos. En tiempos de crisis ambiental, desigualdad social y fragmentación cultural, la urbanidad se erige como una forma de resistencia: frente a la indiferencia, promueve el conocimiento de la innovación; frente al aislamiento, el encuentro colectivo de la acción; frente a la velocidad, la pausa para la reflexión. Son gestos simples, pero profundamente transformadores en una sociedad que ha confundido progreso con acumulación y desarrollo desmesurado. El futuro urbano no dependerá tanto de los documentos técnicos —a menudo abstractos e ineficaces— como de las actitudes que emanen de una urbanidad capaz de hacer la ciudad más habitable colectivamente. Podremos proyectar urbes más inteligentes, más sostenibles y tecnológicamente avanzadas, pero si en ellas no se cultiva la urbanidad —esa inteligencia emocional del espacio compartido— todo será una vacía escenografía que difícilmente pueda perdurar en el tiempo.

En definitiva: el urbanismo construye la ciudad desde la complejidad que le provoca su permanente mestizaje y sensual promiscuidad, pero la urbanidad le da su capacidad de vivirla para poder compartirla y disfrutarla. Solo cuando ambas se reconcilian, la ciudad recupera su esencia original: ser, y seguir siendo, el mejor espacio colectivo para la convivencia humana.

José Seguí, Arquitecto