EL DEDO QUE TODO LO MUEVE

Existe un gesto tan antiguo como el poder: señalar con el dedo. Un dedo que elige, designa y decide por encima de cualquier otra consideración.

En el ámbito privado, ese gesto resulta legítimo. El propietario elige, asume la responsabilidad y responde de las consecuencias. El problema aparece cuando ese dedo abandona lo privado y entra en lo público. Entonces el patrimonio deja de pertenecerle parque ya incluye a todos, y la voluntad individual debe someterse a procedimientos colectivos que garanticen su necesaria igualdad, transparencia y contraste entre diversas alternativas. Esa es, precisamente, la razón de ser del concurso: sustituir el dedo por el mérito.

La reciente cesión directa del solar municipal del Astoria-Victoria a la Fundación Unicaja, podría ser un motivo que animara a la reflexión de este tema. Nadie cuestiona la importancia de que una institución tan vinculada a Málaga quiera realizar una inversión cultural y social de esa dimensión. Al contrario: que la Fundación Unicaja quiera reforzar su compromiso con la ciudad es una excelente noticia.

Tampoco cabe poner en duda la capacidad de los arquitectos elegidos, cuya trayectoria y reconocimiento internacional permiten confiar en la solvencia de su propuesta. Precisamente por ello, cabe esperar que sean capaces de resolver con sensibilidad su relación con el excelente espacio de la Plaza de la Merced y su colindante fachada de las Casas de Campo y la casa natal de Picasso, el eje de Alcazabilla y su extraordinaria secuencia monumental —Alcazaba, Teatro Romano y Aduana—, así como la integración y puesta en valor de los importantes restos arqueológicos que permanecen bajo el solar.

Y, desde luego, tampoco dudar de que las instituciones responsables de preservar el conocimiento y la memoria de la ciudad ejercerán una vigilancia rigurosa sobre una intervención que afecta a un lugar donde historia, arqueología y paisaje urbano exigen una especial prudencia en uno de los espacios más delicados del centro histórico. El solar del Astoria-Victoria ha sido durante años objeto de estudios, debates, concursos de ideas y propuestas diversas. Resultaría paradójico que, después de tanta reflexión acumulada, la decisión final pudiera reducirse al sencillo gesto de un dedo.

Un dedo que últimamente parece sentirse cómodo recorriendo otros ámbitos de la ciudad. Porque algo parecido se vislumbra en la anunciada ampliación del Palacio de Ferias y Congresos, que el Ayuntamiento pretende acometer con recursos municipales sobre un edificio de titularidad pública. Conviene recordar que el proyecto original fue objeto en su día de un encargo directo, sin concurso y a dedo. Ahora, la nueva intervención de su ampliación vuelve a plantearse de manera similar, amparada, entre otros argumentos, en un informe de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo.

Nadie cuestiona la solvencia profesional de quienes puedan realizar el proyecto. ni la sabía autoridad intelectual de la Academia. Precisamente por ello, cabría esperar que su prestigio contribuyera a ensanchar el debate y no a clausurarlo. Porque la cuestión no es quién tiene capacidad para proyectar, sino qué procedimiento debe utilizar una administración cuando decide invertir recursos en una intervención pública.

Otras administraciones públicas, estatales y autonómicas, han actuado de manera muy diferente. Tanto el actual Aeropuerto Internacional de Málaga como la Ciudad de la Justicia fueron en su momento objeto de concursos públicos, y también sus ampliaciones se plantearon mediante procedimientos abiertos, sin convertir la autoría inicial en un derecho permanente sobre la futura ampliación del edificio.

Los concursos no son un obstáculo para decidir. Son una manera de, al menos, tener la posibilidad en decidir mejor. Permiten confrontar soluciones, incorporar talentos, hacer visibles las alternativas y abrir la información a la ciudadanía. Allí donde el dedo sustituye al debate, la ciudad pierde una oportunidad de pensar. Allí donde el concurso sustituye al dedo, la arquitectura deja de ser una decisión individual para convertirse en una inteligencia colectiva.

Quizá el problema más preocupante no sea ya que alguien señale con el dedo, sino que cada vez haya menos interés a preguntar por qué y hacia dónde señala el dedo. El poder más sofisticado ya no consiste necesariamente en imponer lo que debe pensarse, sino en conseguir sutilmente que lo que señala el dedo parezca evidente cuando lo que esconde sean sus propios intereses.

Ese es, quizá, el verdadero peligro: que el silencio termine sustituyendo al debate cuando los intereses hayan encontrado su acomodo. Que quienes antes defendían posiciones enfrentadas parezcan ahora mirar en la misma dirección, no porque exista un mayor consenso, sino porque el reparto ya está convenientemente hecho.

Quizá sea ese el momento más inquietante: cuando deja de discutirse no porque los problemas se hayan resuelto, sino porque los intereses ya están en su sitio. Y, como suele decirse con cierta resignación cuando todo parece decidido de antemano, los intereses ya están en su sitio y el pescado, todo vendido.

José Segui Pérez

Arquitecto