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Por un nuevo urbanismo de transformación y reciclaje

José María Ezquiaga.
Arquitecto-Urbanista (Premio Nacional de Urbanismo 2005)

Imaginar el futuro de la ciudad significa hablar de los miedos y deseos del presente más que un ejercicio de predicción racional. Por eso resulta a veces más interesante indagar en las imágenes literarias o artísticas donde estos temores se expresan con mayor libertad que en los ensayos de prospectiva urbanística. A diferencia de las representaciones apocalípticas de la destrucción de la Torre de Babel, símbolo de la dispersión y ruina que engendran las utopías humanas, la inquietante ambigüedad de la versión de Pieter Bruegel dimana de mostrar la armonía de una obra destinada a permanecer inacabada. La apenas perceptible actividad constructiva parece estabilizada en un proceso de construcción/ destrucción que, a semejanza de los ciclos naturales, parece ansiar el equilibrio. En tal sentido la imagen de la torre como ruina y soporte de una nueva etapa urbana no puede dejar de evocar imágenes análogas de Arles, Luca, Roma o Split. Lo que el pintor nos está mostrando es en última instancia la traducción artística de la real experiencia de la transformación medieval de la ciudad clásica.

 

 

Como contrapunto, las igualmente inquietantes imágenes del proyecto y ejecución del Ámsterdam Zuid o la New Town de Edimburgo parecen sugerir las potencialidades organizadoras de la razón desplegada, y el valor del Proyecto como voluntad apropiadora de la incertidumbre del futuro. Si las figuras de la Babel inacabada o de la Roma Imperial en perpetua mutación nos ayudan a entender la ciudad como obra abierta y acumulación transformativa del material heredado, Ámsterdam nos propone el entendimiento de la ciudad como proyecto, es decir, como tarea de búsqueda de una solución finalista que oponer al caos de la Metrópolis.

 

Pensemos ahora en dos películas de culto separadas por cincuenta años. En la “Metrópolis” de Fritz Lang (1926) se revela el secreto de la ciudad industrial: bajo la superficie armoniosa de la ciudad de la luz, donde la tecnología está al servicio del ocio y la felicidad de una minoría, se esconde otra ciudad, tenebrosa y subterránea, donde la máquina devora la vida de sus esclavos. La metrópolis imaginada por Lang es en el fondo frágil porque se asienta sobre la amenaza de rebelión contra el orden injusto.

Muy distinta es la imagen de la ciudad futura como jungla en “Blade Runner” de Ridley Scott (1982). La difusión de la tecnología no es capaz de crear una nueva organización social, ni de satisfacer las aspiraciones de felicidad, más bien se incorpora con naturalidad en la superposición confusa de fragmentos que componen la ciudad.

¿Qué imágenes representan mejor la modernidad, los individuos convulsos en el caos de estímulos y movimiento de la metrópoli imaginados por los “futuristas” de principios de siglo, o la intensa soledad de los personajes de Hopper, náufragos en la gran ciudad y las periferias sombrías y silenciosas de Mario Sironi?

Quizás lo que mejor caracterice la condición contemporánea sea una transformación de las ciudades tan profunda como la experimentada en la fase de surgimiento de las sociedades industriales y, como corolario, la crisis de las ideas tradicionales de urbanidad, espacio público y paisaje. Desde la utilización por los sociólogos de la Escuela de Chicago, en los años veinte, de la metáfora orgánica para explicar el ciclo vital de las ciudades, hasta la concepción del planeamiento como expresión de la vocación espacial de un sujeto ciudad, se ha atribuido a la ciudad una imagen equívoca de entidad coherente y unitaria. Más recientemente, la planificación estratégica asociada al discurso económico ha profundizado en la difusión de este icono al presentarnos las ciudades como sujetos económicos disputando en un escenario de competencia universal.

Sin embargo, la ciudad no es tanto un actor como un lugar ocupado por muchos actores. Ya no es posible hablar ya de una relación directa entre las formas de centralidad y una referencia geográfica concreta, como en el pasado pudo establecerse con el Centro Histórico o los modernos Centros Financieros. La expresión contemporánea de la centralidad asume una multiplicidad de configuraciones espaciales, tanto en escala geográfica como en cualidad. La denominada nueva economía, basada en la información y el conocimiento, se caracteriza por su dimensión global, es decir, por la interconexión electrónica que permite que determinadas actividades, destacadamente los mercados financieros, funcionen como una unidad en tiempo real. A partir del reconocimiento de la primacía de las redes virtuales, diversos autores (Castells, Asher, Giddens…) se han preguntado acerca del futuro de las grandes aglomeraciones urbanas, frente a los emergentes procesos de desterritorialización.

Si bien, las ciudades continuarán desempeñando el papel de puestos de mando la extraordinaria capacidad de generación de riqueza asociada a las nuevas actividades y su desigual distribución en función del lugar que estas ocupen en las redes globalizadas de individuos y empresas, determinan una extraordinaria variedad de situaciones en localización y estructura de la centralidad. Cabe así hablar de centralidades geográficas o electrónicas, en virtud de que estas respondan a nodos físicos de concentración de funciones direccionales, o bien tengan un carácter meta territorial, vinculado a espacios generados electrónicamente (p.e. los mercados financieros). En todo caso, y paradójicamente, la optimización del uso de las tecnologías de la información demanda siempre un soporte infraestructural y un territorio geográfico sobre el que desplegarse. Las ciudades globales constituyen, desde este punto de vista, antes que cualquier otra cualidad, concentraciones de infraestructura y el ámbito donde se materializa el conflicto entre mercado y esfera pública; conflicto que atraviesa y explica la moderna construcción del espacio social y sus expresiones arquitectónicas.

Las formas organizativas del nuevo territorio

En consecuencia, no existe una forma canónica de la metrópolis contemporánea y la idea de proyecto de ciudad o modelo normativo, en las claves que tenía en la planificación tradicional, solo opera aceptablemente en la micro escala, significando más bien un obstáculo para fundamentar políticas eficientes en la escala metropolitana. La emergencia de un nuevo territorio, que cambia la escala de comprensión e intervención sobre los hechos urbanos y multiplica las dimensiones de su complejidad demanda nuevos instrumentos y estilos de planeamiento y proyecto arquitectónico No debe deducirse de esta afirmación el sometimiento de la evolución de la forma urbana a unas tendencias inexorables del mercado, otra manifestación muy extendida del pensamiento mágico, sino la necesidad de deshacerse de prejuicios para decodificar las nuevas formas de organización metropolitana y poder formular principios eficientes de gobierno del territorio.

Estos principios no podrán ser ya analogías geométricas, como en la tradición del pensamiento urbanístico (de la ciudad jardín descentralizada a la malla polinuclear), sino estrategias adaptadas a un tablero de juego en movimiento, en el que no solo es importante el que y el cuanto (es decir, la  asignación de usos e intensidades de aprovechamiento al suelo) sino la sintaxis y el tiempo. Es decir, definir cómo y en que escalas temporales se construye el territorio. Esta aproximación nos devuelve, paradójicamente, a los momentos fundativos del urbanismo a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando este se manifestaba como instrumento de una más amplia visión de la  transformación social y no solo como herramienta reguladora.

Atendiendo a la forma organizativa del territorio de la centralidad, se constata la permanencia del Centro urbano convencional como expresión clave de la centralidad, pero se detectan, asimismo, tendencias simultáneas hacia la expansión de la misma sobre el territorio metropolitano, formando una red de polos de actividad terciaria intensa, y hacia la formación de centralidades transterritoriales organizadas sobre redes telemáticas de intercambio económico. Es posible hablar también de una centralidad infraterritorial, en virtud de los pliegues del tiempo y el espacio sobre las centralidades geográficas concretas. La telemática aparece como condición necesaria de la descentralización y dispersión espacial de las actividades antes asociadas al Centro urbano, al neutralizar las distancias físicas. Sin embargo, otras fuerzas gravitatorias tienden a mantener la cohesión e importancia de los centros urbanos en cuanto concentración de infraestructura y nodos geográficos de la innovación tecnológica asociada al conocimiento y a la educación superior.

 

El territorio post-metropolitano supone un extraordinario incremento de la diversidad y la complejidad funcional pero a diferencia de los tejidos urbanos tradicionales densos y mixtos caracterizados por una gran intensidad de las interacciones funcionales en la pequeña escala, el nuevo territorio se organiza sobre la base de piezas de escala intermedia que tienden a reproducir la lógica del conjunto territorial. Por eso podemos afirmar que la segregación funcional simple de las primeras etapas de formación metropolitana se ve superada por una estructura fractal más compleja.

De igual forma, la geografía de la polarización social adopta la forma de un mosaico de entidades ensimismadas. La ciudad dual convencional se transforma en un tapiz fragmentario de micro segregaciones espaciales de baja visibilidad (de los guetos de inmigrantes en los intersticios de los tejidos consolidados a las urbanizaciones cerradas más exclusivas). La metáfora geológica de un espacio estructurado en estratos es probablemente más adecuada que la zonificación (o segregación de usos) convencional para representar las dimensiones complejas de la realidad metropolitana. Los estratos dan cuenta de diferentes cristalizaciones de la construcción social de la realidad, capaces de solaparse sobre el mismo espacio geográfico y, lo que es más importante, permiten incorporar el tiempo como dimensión adicional del espacio.

 

Refundar la validez y legitimidad social de los Planes y Proyectos urbanísticos: la insostenibilidad de un modelo de ocupación y uso del territorio basado en el consumo masivo de suelo, agua y energía.

El boom inmobiliario ha alimentado durante años la ilusión de que el mercado era referente suficiente para fundamentar el urbanismo. Los Planes urbanísticos desvinculados de las necesidades reales de los ciudadanos han tendido a reducirse a poco más que planos de infraestructura y las normas urbanísticas amputadas de la vocación reformadora con la que nació el urbanismo se han convertido en rituales muchas veces incomprensibles para el ciudadano común.
La dura realidad de la crisis ha venido a desvanecer este espejismo, con las dramáticas  consecuencias conocidas, pero supone, también, la oportunidad de reformular el urbanismo desde bases más sólidas y necesarias: las complejas dimensiones de la sostenibilidad y la atención a las necesidades cambiantes de vivir en ciudad.
Estos nuevos objetivos demandan reorientar el carácter de Planes y Proyectos urbanos para convertirlos en instrumentos de verdad estimulantes, flexibles y abiertos a la innovación. Capaces de abordar los desafíos emergentes de las ciudades contemporáneas: la incorporación activa de la Naturaleza, la sostenibilidad energética, las formas alternativas de movilidad… sin perder por ello de vista la atención a las necesidades de calidad de vida y cohesión social: salud, acceso a la vivienda, deterioro de las comunidades… y la sensibilidad hacia lo local: la historia y la geografía irrepetible de cada lugar.

A mi juicio es necesario refundar la validez y legitimidad social de los Planes y Proyectos urbanísticos desde nuevos criterios:

a) Como expresión del valor el  capital social, económico, espacial y simbólico de la ciudad existente, abandonando la ilusión del urbanismo de crecimiento y expansión ilimitada. Priorizando, alternativamente, la activación del centro urbano, la reprogramación del suelo urbanizable vacante, el reciclaje del parque deficiente de viviendas, la integración y mixtura de usos y la cohesión social.

b) Como vehículo de la responsabilidad intergeneracional sintetizada en el concepto de desarrollo sostenible. Esta concepción del desarrollo tiene consecuencias esenciales sobre el enfoque convencional del urbanismo y la administración de los recursos al demandar una previsión de las consecuencias de los procesos de transformación espacial a largo plazo, así como la adopción de políticas que reflejen los costes reales del consumo del territorio y su impacto sobre los recursos no renovables… El Plan se puede convertir en un instrumento de garantía de los ciudadanos para conocer y decidir de manera efectiva en el futuro de su medio-ambiente y los riesgos inherentes a sus transformaciones.

c) Como marco de negociación de los intereses plurales presentes en la ciudad, entendiendo por tales no sólo los referidos a los actores tradicionales (Administración, colectivos vecinales, propietarios de suelo, constructores y promotores…) sino a las voces hasta ahora excluidas del discurso urbanístico convencional, especialmente las de las mujeres y los segmentos de población más frágiles (niños, ancianos, minorías culturales…).

d) Como instrumento útil para la gestión de los procesos reales de la ciudad. La complejidad social, geográfica, histórica y morfológica de las ciudades contemporáneas difícilmente encaja en el zoning convencional. Más bien al contrario, estos instrumentos muchas veces suponen un serio obstáculo para afrontar eficientemente los problemas esenciales de la planificación contemporánea: la insostenibilidad de un modelo de ocupación y uso del territorio basado en el consumo masivo de suelo, agua y energía.

En síntesis, el nuevo urbanismo debe asumir como punto de partida de las demandas plurales de los ciudadanos, abandonar la pretensión de suplantar la compleja realidad social y geográfica la ciudad por su mera reglamentación y adoptar como principios alternativos a la opacidad burocrática: la transparencia, la resiliencia y el protagonismo ciudadana directo.

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