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Monumentos. Ciudades. Paisajes. Algunas consideraciones sobre conceptos y prácticas

Ángel Isac
Catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Granada.
Miembro de la Comisión Técnica del Laboratorio del Paisaje Cultural (IAPH)

 

 

Es verdad que en los últimos años todo lo relacionado con el paisaje ha cobrado un justo interés en los medios académicos e institucionales. El apoyo de la UNESCO a la nueva categoría de Paisajes Culturales (1992), el impulso a los estudios sobre paisajes gracias a la aprobación del Convenio Europeo del Paisaje (Florencia, 2000), o el Memorándum de Viena, nacido de una conferencia internacional celebrada en mayo de 2005 en la capital austriaca, e inmediatamente incorporado por la UNESCO a su doctrina operativa (Recomendaciones sobre el paisaje urbano histórico, 2011), han sido algunos de los principales pilares en las últimas décadas. Mis consideraciones, en esta ocasión, parten de lo que el conocimiento histórico de la ciudad puede aportar al análisis del paisaje urbano, de la posible intercambiabilidad de términos, del papel del planeamiento en la configuración del paisaje urbano, y de la cooperación entre disciplinas académicas como paradigma de rigor en la producción de conocimientos. Y a propósito del citado memorándum, en Viena nadie hubiera considerado como “expresiones culturales de gran calidad” (artículo 17), el café nihilista, el American Bar, o el edificio de la Mikaelerplatz de Adolf Loos, objeto de burla con aquella imagen de la arqueta levantada y un asombrado Loos que descubre así la arquitectura moderna, paradójicamente convertida hoy en un objeto de recuerdo para el turista (supongo, al menos, para ese llamado turista cultural).

Lamentablemente, como explicaba en un artículo sobre los contenidos urbanísticos de la Ley del Patrimonio Histórico Andaluz (2007), los avances en el conocimiento de los paisajes no tuvo la acogida suficiente en la citada ley. Me refiero a la escasa atención que mereció el Paisaje como bien cultural, -por cierto, objeto de protección ya en la Ley del Suelo de 1956- cuestión que ha ido adquiriendo en los últimos años un alcance sobresaliente en distintos foros. Del mismo modo que se acertó al incorporar el concepto de Patrimonio Industrial, hubiera sido muy interesante incorporar más contenidos de la citada Carta, tal y como han realizado otras leyes autonómicas. Sorprende, por ejemplo, que sea precisamente en la definición de Patrimonio Industrial donde aparezca una explícita mención del Paisaje como bien protegible en estos términos: “El paisaje asociado a las actividades productivas, tecnológicas, fabriles o de la ingeniería es parte integrante del patrimonio industrial, incluyéndose su protección en el Lugar de Interés Industrial” (LPHA-2007, artículo 65.2).

En la legislación autonómica se ha abordado de distinto modo el problema del paisaje. Así, algunas leyes han protegido la “silueta paisajística” (Cataluña, Galicia, Baleares, Castilla y León) o el “carácter paisajístico” (Extremadura); otras, al definir la figura de Parque Cultural, han destacado especialmente los “valores paisajísticos” (Valencia); y algunas más recientemente han introducido la denominación específica de Paisaje Cultural entre las categorías principales de su Patrimonio a proteger (La Rioja, Murcia). La ley andaluza sí aportó como novedad destacada el intento de definir la “contaminación visual”, pero en la práctica poco se ha avanzado. En cualquier ámbito intelectual, y casi siempre ligado a la vitalidad y evolución del mismo, son frecuentes las fases de discusión terminológica, conceptual, o metodológica. No dudo que sea necesaria, obligatoria y muy sana toda discusión intelectual acerca de cuestiones terminológicas, pero lo fundamental casi siempre es otra cuestión más de fondo que tiene que ver con los avances reales del conocimiento en un determinado campo de las ciencias sociales. Lo contrario es estancarse en la epidermis nominal y en el abuso de determinadas etiquetas.

“No hay acción humana sin paisaje, y no hay tampoco, casi, paisaje sin acción humana”. Así dejaba sentenciado, hace muchos años, un sabio como D. Julio Caro Baroja el problema conceptual y metodológico de los estudios sobre el paisaje: está en todas partes, y lo es todo. Inevitablemente, todo fenómeno de la realidad se puede convertir en objeto visto como paisaje. En la Historia del Arte hay una larga tradición de estudios sobre el paisaje. Hoy disponemos de un número casi infinito de expresiones asociadas al paisaje. Además de los tradicionales paisajes geográficos y de sus derivados, se estudian los paisajes literarios, los arquitectónicos o los culturales, y adquieren fuerza los paisajes urbanos históricos. La proliferación de adjetivos añadidos al sustantivo paisaje no me parece tan interesante como la incorporación del paisaje como metodología o punto de vista para completar los análisis arquitectónicos, urbanísticos o territoriales. La verdadera innovación en el campo de las ciencias sociales no consiste en propagar nociones que como epifanía científica parecen desplazar a los “viejos” o ”envejecidos” conceptos; en este caso, los desplazados serían los que permitieron una brillante teoría y práctica para la conservación de la “ciudad histórica”, “centro histórico”, “conjunto histórico”. Es decir, los análisis que entendieron hace décadas que la fragmentación de partes de la ciudad no era tan importante como el estudio de toda ella (también sus periferias), en relación con sus problemas territoriales; y esto valía tanto para la historia urbana como para el planeamiento.

La imagen urbana, en tanto epidermis de una realidad más compleja, no debe dar lugar a decisiones que olviden lo más sustancial de la doctrina de la conservación integral. El paisaje urbano de la Carrera del Darro en Granada, al renovar la pintura de sus fachadas se intervino sobre una parte de la composición total, descuidando todo lo demás, que no era poco si se hubieran tenido en cuenta las recomendaciones del anexo D. de la Carta del Restauro (1972). Los historiadores de la ciudad hemos hecho historia del paisaje urbano, hayamos o no trasladado esta expresión a los títulos de nuestras investigaciones. Por lo tanto, la relación entre historia urbana y análisis del paisaje urbano histórico ha de ser una relación fructífera, fácil de entendimiento, con metodologías en parte coincidentes. En principio, parece que no debe haber grandes diferencias. Yo, como historiador de la ciudad, nunca me he sentido ajeno a la dimensión paisajística de la misma. Y no solo por mi interés por toda la cultura del landscape garden o por el fenómeno fundamental de la incorporación del verde público en la ciudad moderna. Por muchas razones.

La Gran Vía de Colón en Granada.

Estudiando las grandes transformaciones históricas de la ciudad, hemos constatado la importancia de las nuevas “escenas urbanas” en el Renacimiento, el trampantojo palladiano, los telones escenográficos que eran la imagen última de procesos de mucha complejidad. En su tercer libro de Arquitectura, Andrea Palladio escribió: “…la calle más concurrida por negociantes y forasteros se debe hacer ancha y con magníficos y soberbios edificios, para que los visitantes que por ella pasen crean fácilmente que esta anchura y belleza corresponde también a las otras calles de la ciudad”. Y qué mejor ejemplo de un paisaje urbano histórico que provoca, precisamente al ser percibido, una especie de encantamiento: Viena como ciudad de las “mil y una noches”. “Desde la mañana hasta últimas horas de la noche corrí de un objeto de interés a otro, pero en todo momento fueron los edificios los que despertaron mi principal interés. Durante horas permanecí de pie delante de la Ópera, durante horas contemplé el Parlamento; todo el bulevar me atraía como un encantamiento de Las Mil y una Noches”. Paisaje urbano, pues, evocador. Un fragmento muy importante de la ciudad ha sido contemplado, percibido, como una de las mejores definiciones de la condición ecléctica en la arquitectura, el urbanismo y el paisajismo del siglo XX. El observador: Adolf Hitler.

La Alhambra y el Albaicín. Grabado del siglo XIX.

 

En el estudio de las grandes transformaciones urbanas del siglo XIX, el “paisaje de las demoliciones” ha formado parte del análisis para explicar el antagonismo entre ciudad histórica (Patrimonio) y cambio urbano, más allá de la antítesis conservadurismo/ transformación. Ángel Fernández de los Ríos, un buen conocedor de la cultura europea de su época por su condición de exiliado político, escribió pensando en los beneficios que traería La Gloriosa: “Las demoliciones inútiles son ciertamente lamentables, pero las que desembarazan el suelo de un barrio de malas condiciones para edificar otro sano, para dar lugar a construcciones mejores y más bellas, son como aquellas otras demoliciones del año 12 que derribaron la Inquisición y destruyeron el tormento, para hacer plaza a los derechos de la razón y a los fueros del espíritu humano…”. El paisaje de la nueva ciudad moderna construido tras las demoliciones lo encontramos, sin ir más lejos, aquí cerca, en la Gran Vía de Colón de Granada. Parte de la ciudad histórica desapareció para construir el paisaje del progreso social, urbano y arquitectónico, soñado por sus promotores, pero al mismo tiempo –como en otras muchas ciudades-, duramente criticado por muchos detractores que lamentaban la pérdida del “alma” de la ciudad histórica.

Campaña publicitaria de una promoción inmobiliaria.

 

La estructura, forma o paisaje de la ciudad de Granada, puede explicarse muy bien si nos detenemos en un grabado del siglo XIX; una vista de la ciudad captada desde el cerro de San Miguel, en su punto más alto. El paisaje urbano que nos ofrece está compuesto de tres “monumentos”, podríamos decir: la Alhambra (BIC-Monumento); el Albaicín, conjunto urbano que podríamos considerarlo como la parte monumental “enfrentada” a la Alhambra; y en tercer lugar el “monumento” ciudad y su entorno rural más próximo, su apreciada Vega. Es cierto -no podemos ignorarlo de ningún modo- que la tutela moderna ha evolucionado del concepto decimonónico de “monumento” a los conceptos de “conjuntos” y espacios de plurales patrimonios. Pero el MONUMENTO, cuando se trata de una pieza como la Alhambra, sigue teniendo una presencia determinante que se extiende más allá de la misma ciudad. La historia urbana, o si se prefiere la historia del urbanismo, ha realizado análisis en los que las “permanencias” han sido un concepto ampliamente utilizado. Y si el MONUMENTO es la permanencia por excelencia, lo que permanece como elemento estructurante y definidor en el orden físico, más lo es si se consideran sus valores simbólicos y culturales. Pero además, un barrio como el Albaicín lo podemos considerar en su conjunto como otro gran monumento urbano, enfrentado a la Alhambra, con relaciones intensas y conflictivas, pero formando ambos un conjunto paisajístico excepcional.

Campaña publicitaria.

Resultado final.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En este paisaje urbano histórico existen todavía retos muy importantes para el paisajismo activo (el proyecto), pero también, no lo olvidemos, para la rehabilitación urbana “clásica”, fruto del gran debate sobre los conjuntos históricos en los setenta. Los principios y objetivos de la “conservación integral”, enunciados con toda riqueza de matices en los documentos internacionales de los años sesenta a ochenta, y en la práctica propositiva de mucho del planeamiento especial de aquellos años, no pueden ser ignorados, menospreciados o ninguneados. El problema, creo, no han sido los principios, conceptos o criterios (todos válidos hoy), sino la falta de gestión, el comportamiento incompetente de las administraciones incapaces de revisar el planeamiento de los ochenta, ¡¡veinticinco años más tarde!!, o el escaso compromiso de la sociedad civil (más interesada en “vender” promociones inmobiliarias con un descarado abuso del paisaje y la cultura). ¿Cómo explicar la imagen degradada del cerro de San Miguel Alto, a pesar de su potencial paisajístico? Las explicaciones solo conducen a señalar la debilidad de todos los agentes implicados, por una parte; pero por otra los “errores” del planeamiento se han traducido con frecuencia en graves deterioros del paisaje urbano. La “culta” idea de la ciudad de los cármenes, en el plan de 1951, facilitó la desaparición de otras tipologías de interés, a favor de sucedáneos de “cármenes modernos”. Y en el más avanzado plan general de 1985, la idea del crecimiento histórico en laderas sirvió -en algunos casos- para la más burda ocupación de suelos en promociones dedicadas a la venta de maravillosas vistas, pero sin ninguna cautela por su impacto paisajístico.

El paisaje urbano del grabado del siglo XIX nos ofrecía, además de la Alhambra y el Albaicín, un tercer “monumento” (en el sentido de permanencia urbana con capacidad estructurante): la ciudad-vega; elemento fundamental del paisaje que si en el siglo XIX permanecía muy próximo a Puerta Real, la expansión de una y el retroceso de otra han producido un conflicto permanente. Conflicto que se agudiza cuando la ciudad evoluciona conforme a un modelo u otro, pero siempre expansivo y devorador de suelos. El paisaje del que hablamos no es un jardín, ni siquiera un jardín paisajista; a diferencia del jardín (paraíso cerrado y casi inmutable), el paisaje de la Vega está en permanente proceso de transformación. Depende de numerosas variables económicas, sociales, o culturales, que determinan su construcción y mantenimiento. El paisaje (humanizado/ urbanizado) es un sistema frágil, sometido a presiones urbanísticas y a la alteración proveniente de sus bases económicas o productivas que lo sustentan. Pero a pesar de todo, ¿será posible el equilibrio entre las “Vistas hermosas” que dieron nombre a un carmen de la ciudad, y el Progreso que puso nombre a una huerta de la Vega en 1882?

La ciudad -uno de los fenómenos más complejos que inevitablemente nos hace pensar en la definición de Rem Koolhaas como la bestia salvaje indomable-, es un paisaje compuesto por artificios, retazos de naturaleza domesticada, y todo tipo de heterotopías. Como objeto de conocimiento, la ciudad y el paisaje han pasado por debates en torno a su estatuto científico, cuestionando su naturaleza propia de objeto, y los métodos más adecuados para su análisis, implicando siempre, de manera más o menos soterrada, una pugna entre disciplinas académicas ya constituidas. Esto ocurrió con la historia de la ciudad/ historia urbana/historia del urbanismo/historia de la urbanística, en las intensas discusiones de los años 70/80 sobre su condición disciplinar hoy casi desaparecidas. A principios de los años setenta, el prestigioso historiador Eric Hobsbawm sentenciaba que la Historia Urbana era “…un gran contenedor con contenidos mal definidos, heterogéneos e indiscriminados. Incluye cualquier cosa relativa a la ciudad”. En el caso del paisaje, también ha ocurrido en las últimas décadas algo parecido. Aunque había sido objeto de estudio académico desde el siglo XIX por disciplinas como la Geografía o la Historia del Arte, la preocupación actual por los paisajes se ha intensificado como resultado de la labor de la UNESCO a favor de la declaración de Paisajes Culturales, y del impacto académico y profesional del Convenio Europeo del Paisaje (2000).

Vega y ciudad. Un conflicto sin resolver.

 

En el ejercicio de la historia urbana, o en la historia de la arquitectura, cuando es obligado hacer referencia a contextos, entornos urbanos o espacios, los conceptos de escena/ imagen/ paisaje son manejados frecuentemente como palabras intercambiables o sinónimos. Lo importante no es tanto hablar del territorio/paisaje/espacio/calle/escena/imagen que configura, por ejemplo, la Gran Vía de Granada o, en el extremo opuesto la calle Molino Nuevo (en la zona norte de la ciudad con mayores índices de exclusión social y pobreza), sino los contenidos y el alcance del análisis que en cada caso se haga, y los resultados últimos del conocimiento productivo y sus posibles transferencias para conservar lo que tenga valor patrimonial o cambiar lo que socialmente sea deficitario.

En los últimos años, como ocurrió con la semiótica en su día, se abusa de la palabra paisaje; pero, sin duda, las mejores investigaciones irán acotando su verdadera aportación a los estudios urbanos, tanto en el ámbito más estrictamente académico como en su valor de transferencia, es decir, su aplicación a mejorar tanto la ciudad histórica declarada y protegida, como las áreas periféricas o suburbiales tan próximas a aquella. En numerosas investigaciones de la Historia urbana o del urbanismo, han sido fuente fundamental de estudio las “vistas” de ciudades, los paisajes urbanos de tan perfecta y elocuente “composición” como las del Civitates Orbis Terrarum. Antes de que existiera la cartografía moderna exacta, en todas esas representaciones las ciudades tienden a ofrecerse como centros políticos, culturales, económicos de excelencia y gloria. Sus imágenes se difunden como parte de sus estrategias de dominio y grandeza, que va mucho más allá de los límites físicos marcados por las murallas; pues, como muy bien supo ver Alberti, la sombra de la cúpula de Brunelleschi proyectaba por todo el territorio de la Toscana el prestigio del nuevo humanismo.

Con mayor o menor énfasis en el término paisaje, lo cierto es que la estructura discursiva de la historia urbana (historia del urbanismo, historia urbanística…) se ha ocupado de identificar y definir distintos modelos de ciudad manufacturados por la historia, desde sus orígenes hasta nuestros días, aunque con especial interés en los surgidos de las revoluciones del siglo XVIII: la Ciudad Industrial, la Ciudad Burguesa-Liberal, la Ciudad Jardín o la Ciudad Lineal, la Ciudad Funcional, la Ciudad Posmoderna, o en nuestros días lo que parece la negación misma de la ciudad: la Urbanalización. Todos estos modelos han producido distintos paisajes históricos muy contundentes: el dibujo de K. F. Schinkel, expresión de la angustia causada por una ciudad industrial de arquitecturas “sin estilo”; el paisaje urbano de la ciudad del “garantismo”, estado previo a la utopía de Charles Fourier; el paisaje del bulevar, imagen de la modernidad urbana fotografiado componiendo una escena entorno a un mingitorio y todos los objetos de la haussmanización; los paisajes alternativos de la ciudad jardín o de la ciudad lineal, que en realidad son paisajes morales y éticos del hombre moderno; el idílico mar verde de la ciudad contemporánea para 3 millones de habitantes de Le Corbusier, o el territorio paisaje de sus unidades de habitación fundidas con la naturaleza, imaginaciones todas propias de un verdadero paisajista.

Y las mejores investigaciones han sido aquellas que no se han quedado en la epidermis (como en la Historia del Arte se pasó del formalismo a la interpretación compleja de los significados ocultos en los paisajes), sino que han planteado la complejidad de la cultura y de la forma urbana. Me atrevo a poner como ejemplo el Londres único (Rasmussen) o la Viena fin de siglo (Schorske), como algunos de los mejores trabajos de paisajes urbanos históricos. Del mismo modo que la historia de la ciudad no puede quedarse en la descripción epidérmica de los cambios formales, los análisis del paisaje urbano no pueden limitarse a la descripción de la “imagen- cuadro”. Su dialéctica, es decir su complejidad, es histórica. Un buen ejemplo, entre nosotros, es la reciente Guía del Paisaje Histórico Urbano de Sevilla.

Y por último, frente a la reflexión que sugieren los “paisajes urbanos homogeneizados”, en el contexto de la llamada urbanalización7 (concepto muy bien analizado por Francesc Muñoz, aunque no comparto algunas de sus conclusiones teñidas de neo-romanticismo), el paisaje de ciudades históricas como Sevilla o Granada, o tantas otras, pueden ofrecer escenarios ideales casi incontaminados en los que se busque la identidad o la autenticidad de un determinado espacio (con todo tipo de reservas). Pero en realidad no es así. Del mismo modo que no existe el paraíso bíblico, no existe la ciudad-paraíso, de perfecta forma o inmaculado paisaje.

Zona de Molino Nuevo. Ambiente urbano y problemática social.

 

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